Saturday, June 26, 2021

114. El tercer Estado o el Estado llano.

Los resultados de las elecciones en Perú han prendido las alarmas del estamento, es decir, los empresarios, los políticos, los burócratas, los militares, el clero, los académicos y, por su puesto, de sus voceros, los periodistas y analistas políticos. Les preocupa el fortalecimiento de la izquierda en el continente y los efectos sobre la economía de los países que son alcanzados por este virus. Denuncian como el modelo económico “socialista”, empobrece hasta a las naciones más ricas por culpa de medidas que desestimulan la inversión privada y el aumento del gasto público sin respaldo fiscal. Los efectos son conocidos, cierre de empresas, aumento de pobreza y del desempleo, corrupción. Sin embargo, han pasado dos décadas y muchos países siguen eligiendo a los mismos gobernantes populistas, aun cuando algunas veces el proceso electoral puede presentar graves indicios de fraude, como en el caso de Venezuela. En 2006, Joseph Stiglitz escribió un artículo para El País de España, que terminaba con esta frase: “Tal vez los populistas son populares porque saben algo que los tecnócratas ignoran”. Volví a releer el artículo y encontré que varias de sus opiniones, casi premonitorias, hubieran caído muy bien para evitar la crisis que tenemos. Un recetario que ya estaba en su obra más conocida, “El malestar de la globalización”, pero que muchos gobiernos no se toman la molestia de mirar, mientras siguen aplicando las mismas fórmulas neoliberales, incluso, haciendo el mismo “montaje en escena”, con la invitación de expertos internacionales que proponen una revisión profunda del sistema tributario, la privatización de empresas y la eliminación de subsidios, como ocurrió con la reciente reforma tributaria. Una idea capital de Stiglitz es que para asegurar el crecimiento económico se requiere gobernabilidad. Es necesaria la estabilidad política para el desarrollo, tesis que también apoyan Acemoglu y Robinson, al responder al título de su libro “Por qué fracasan los países”. En el trasfondo de estos estudios puede leerse que los problemas de los países en desarrollo no dependen solamente de la economía (it´s not la economy, simple), sino algo más esencial para el Estado, un orden social que si bien no puede garantizar bienestar, reivindica sectores excluidos como los indígenas y sienta las bases para la convivencia de los diversos grupos que integran la sociedad. Entonces ¿a qué jugamos con la protesta social? Es posible que después de dos meses el movimiento social haya perdido fuerza por cansancio, pero el resentimiento sigue ahí y buscarán romper el sistema que los oprime, irán detrás del candidato populista, de aquel que mejor se conecta con sus emociones. Por lo tanto, ignorar sus peticiones no es acertado porque solo refuerza la propuesta populista que, al encausarse dentro del debate democrático, atraerá a quienes ahora se muestran temerosos por la violencia empleada, aun cuando en el fondo apoyan la protesta porque expresa el inconformismo de la mayoría de los colombianos. Cómo negar que el sistema carece de oportunidades para los jóvenes, que no tienen acceso a una educación de calidad y que tampoco les ofrece empleos dignos, por lo que es casi imposible aspirar a tener un futuro mejor. Quién puede ignorar que la casta política se apropió del Estado para su beneficio y que diseñan leyes a la medida para extender su dominio sobre “la cosa pública”. Quién puede defender a un Estado ineficaz para resolver las necesidades más simples, perpetuamente ausente en muchas zonas del territorio, entregado a los corruptos. La salida más razonable ante la posibilidad de saltar al abismo del populismo es que se definan espacios reales de concertación, comités de diálogo permanentes que permitan crear una instancia paralela a las instituciones caducas, definiendo planes y programas que ofrezcan soluciones articuladas y ejecutadas por organizaciones civiles.

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