Tuesday, April 16, 2019

80. Leviatán

En los EE.UU., cada año, el presidente se dirige al Congreso para dar el “discurso del estado la Unión”, en el que, además de rendir cuentas de su gestión y referirse a los planes del gobierno para el próximo año, refuerza el sentimiento nacional de los americanos, por lo que todos los congresistas, sin importar el partido político, continuamente interrumpen el discurso con aplausos. La imagen de ver a la oposición aplaudiendo a su principal contradictor muestra como, por encima de los intereses individuales, está el amor por su nación y eso es lo que hace fuerte al pueblo norteamericano. En nuestro medio, por el contrario, puede recordarse como, en un acto protocolario, el presidente de un órgano judicial dejó al presidente de la República con la mano extendida y, para adornar su gesto, en el discurso subsiguiente le señaló los que debían ser, a su juicio, los derroteros de la política internacional. Podría decirse que se trató de un acto de un ser obnubilado por el poder. Aquel hombre olvidó que en ese acto no se representaba así mismo, sino a la judicatura. Pero esa actitud no solo demuestra un defecto personal, también es reflejo de la falta de respeto que tenemos a las instituciones. El problema consiste en que las instituciones se vilipendian con ligereza y, de esa manera, se pierde la confianza en el sistema, se deslegitiman las autoridades y se debilita el Estado, con consecuencias gravísimas en muchos aspectos fundamentales de la vida nacional, como la democracia, la convivencia ciudadana y la confianza del inversionista, necesarias para la generación de empleo y riqueza. Así se llega a ver al Estado como un Leviatán, controlado por una élite corrupta, dedicada a saquear los recursos públicos, que persigue a los opositores y explota sin misericordia a los trabajadores. Por este camino se legitiman conductas al margen de la ley y las vías de hecho, como el colado el transmilenio, creyendo que de esta manera consigue una compensación sobre lo que el Estado “nos quita o nos debe”, cuando en realidad se socava el pacto de convivencia que permite a las comunidades desarrollarse y progresar. Por supuesto, para la democracia son necesarias la crítica y la denuncia, pero es importante que la información se verifique previamente y se contextualice. Tristemente, muchas veces el discurso solo busca incendiar el ambiente con exageraciones y mentiras con el fin de obtener réditos políticos. Entonces, se manipula la información y en el colectivo social se vuelve verdad cualquier acusación, no importa que después tenga que rectificarse porque, al final, de la calumnia algo queda, no solamente el desprestigio para los que fueron injustamente acusados, sino la idea de que estos adalides de la moral son verdaderos próceres, pero el "establecimiento" impide que se conozca la verdad. Precisamente, en este momento la Rama Judicial atraviesa difíciles momentos por el llamado "cartel de la toga", pero estigmatizar a todos los jueces por el pecado de unos pocos, no es justo. Tampoco puede ignorarse que muchos jueces y fiscales deben enfrentar diariamente a las organizaciones criminales, prácticamente sin ninguna protección, como ocurrió recientemente a una comisión judicial en Tibú, donde murieron dos personas; ni olvidar la desigual guerra que durante años los jueces y policías dieron contra el narcotráfico; o el luctuoso sacrificio de los magistrados de las altas Cortes por la democracia en 1985. Por eso invito a reflexionar sobre la calidad de los jueces, no solamente por las noticias que recibimos, sino mirando a los servidores judiciales que prestan su servicio en nuestras comunidades, muchos de los cuales crecieron a nuestro lado o son nuestros vecinos.