Monday, April 06, 2015

68. Por qué fracasan los países I

El libro de ACEMOGLU y ROBINSON, además de ser un éxito editorial, se ha convertido en una pieza importante para el análisis de las instituciones públicas, con la misma influencia que podrían tener obras como “El malestar de la globalización” o “La libertad de elegir”. Sin embargo, la simplicidad de algunos de sus argumentos puede encerrar una trampa intelectual que debe ser expuesta al debate, para lograr una interpretación más objetiva de nuestros problemas y, por ende, una solución que permita estructurar un modelo de gobierno y sociedad desde nuestra propia realidad, que de manera efectiva conduzca hacia el desarrollo de nuestros países. Antes de comenzar, hay que hacer una aclaración. La tesis fundamental del libro es absolutamente válida: el desarrollo de los países depende de sus instituciones. En el trasfondo, lo que sostienen los autores es que el desarrollo de un país depende del respeto a la ley por parte de los asociados, es decir, respeto a los contratos, a las autoridades legítimas, a los derechos de los demás, lo que en últimas se traduce en “la fuerza de sus instituciones”. Pero, qué son las instituciones? ACEMOGLU y ROBINSON se refieren a conceptos como la democracia, que comprenden el sufragio universal, la distribución equitativa del poder y la alternancia de los gobernantes, así como la existencia de un sistema legal efectivo que conlleva que los gobernantes deban responder a sus gobernados (impeachment), por oposición a la corrupción que es muy fuerte en los países no desarrollados. Estos conceptos se pueden agrupar bajo la categoría de “instituciones políticas”(p. 23). También mencionan otros aspectos fundamentales para el desarrollo como la libertad de elegir trabajo, el acceso a la educación y a la tecnología (capacidad de innovación), los servicios públicos, la seguridad social, todos los cuales pueden son agrupados como “incentivos” y que son garantizados por las “instituciones económicas”(p. 23). Aun cuando no es novedoso afirmar que estos elementos son causa y efecto del progreso económico y social, los autores procuran identificar las razones por las cuales los países desarrollados estas instituciones emergieron y consolidaron un político y económico que permitió su crecimiento, mientras que explican por qué las condiciones que derivaron en dichas instituciones no se presentaron en otras latitudes. Es un esfuerzo valioso que en ocasiones acierta pero en otras cae en la superficialidad y deriva consecuencias sin ninguna conexión de hechos pasados o completamente ajenos al medio en que pretenden aplicarse, como cuando conectan el sistema impositivo español en la colonia para explicar la desigualdad actual entre dos pueblos peruanos, Calca y Acomayo, que está más relacionada con la indiferencia del gobierno central; o cuando asumen que la gestación del sistema bancario de los Estados Unidos de América fue distinta a la de México porque este último estuvo determinado por la corrupción política y aquél no, siendo el sistema federalista y la condiciones de la migración hacia el Oeste factores determinantes en la organización de las “instituciones económicas” norteamericanas; o cuando simplemente preguntan por qué Estados Unidos de América adoptó la revolución industrial en forma temprana y México no, como si el hecho de que aquellos fueran una colonia inglesa no fuera suficiente explicación; o cuando se hacen comparaciones banales como la de Bill Gates y Carlos Slim, afirmando que la diferencia entre la forma como se hace riqueza en Estados Unidos de América y nuestros países radica en que, en nuestro medio lo importante es saber "a quién conoce uno y en quién puede influir, y, sí, también, a quién puede sobornar”, para concluir al mejor estilo del cowboy americano que: “Cuando Slim estuvo sometido a las instituciones de Estados Unidos, sus tácticas habituales para ganar dinero no funcionaron”.

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