63. do ut des
Si un Congreso numeroso es más fácil de permear por intereses particulares, podría pensarse que la solución es reducir su tamaño. Además de disminuir costos y hacer más efectivo su trabajo, también reduciría su capacidad de contaminar otras Instituciones. El poder de contaminación del Congreso es inherente a su conformación. La mayoría de los congresistas son elegidos por su “clientela” (Dahl) y solo unos pocos son elegidos por voto de opinión. Los que así se consideran, en realidad son personas conocidas que son incluidas en las listas para sumar ese voto al de la maquinaria. Por lo tanto, la mayoría de los congresistas deben responder a sus clientes con favores, puestos, contratos… los cuales consiguen en el gobierno y en aquellas entidades donde su brazo alcanza, como los órganos de control y las altas cortes, mediante un “do ut des” que garantiza la permanencia de todos los involucrados en las esferas del poder. Si el Congreso fuera más pequeño habría un mayor control de la opinión pública y de los órganos fiscalizadores (“accountability”). También se enfocaría mejor en su misión principal: el control político. Para alivio de algunos de sus miembros, ya no sería necesario que los representantes tuvieran que leer y discutir farragosos textos legales porque, hay que decirlo, los Parlamentos modernos no deben legislar, como lo propuso hace dos siglos J.S. Mill, uno de los filósofos liberales que mejor analizó los gobiernos representativos. Es así como, en la mayoría de los países, las leyes son elaboradas por los sabios de la tribu y por técnicos expertos aislados de los lobistas (Jellinek, Loewenstein, Duverger). Por supuesto, con un Congreso pequeño la elección de diputados a punta de chequera es más costosa y el voto de opinión tendría más importancia. También sería menor su capacidad de corromperse y de corromper. Sin embargo, es necesario reivindicar los intereses regionales pero “en su justa proporción”, es decir, a un nivel donde la representación no comprometa la gobernabilidad. En ese sentido, mantener el bicameralismo con la visión del 91 puede ser conveniente, pero reduciendo el número de congresistas y, por supuesto, revisando sus facultades, especialmente en lo que tiene que ver con sus relaciones con las otras ramas y órganos del poder.
