52. La gran manzana
A comienzos del año asistí a un debate entre el ex ministro de hacienda y el ex subsecretario de comunicaciones de Ricardo Lagos para repasar las políticas del anterior gobierno de Chile en TIC, que terminó en una encerrona para criticar al ex ministro por su poca visión para apuntalar a Chile como un país productor de tecnología.
Resultaba absurdo escuchar las críticas a quien fue responsable del buen comportamiento de la economía austral. El funcionario se justificaba con un argumento simple: su responsabilidad era definir prioridades y asignar los recursos disponibles según las necesidades. Aunque reconoció la importancia de las TIC como industria transversal, consideraba que había otras áreas de mayor impacto que el Estado debía apoyar, mientras que los objetivos en TIC debían cumplirse por el sector privado. Debo reconocer que “metí la pata” afirmando que tampoco creía que países como los nuestros pudieran competir con India, China, Estados Unidos o Corea en este sector.
Después pude intercambiar en mangas de camisa otras opiniones con el ex ministro, mientras compartíamos una manzana que sirvió como síntesis de la conversación: el desarrollo económico chileno se basa en el crecimiento de sectores competitivos, es decir, en “la manzanita”, según sus propias palabras. Al regresar, escuche a Santiago Montenegro exponiendo el Plan 2019 y me parecieron irónicas las críticas de Rudolf Hommes que lo consideraba demasiado inclinado a la agricultura. También, creo que por esos días se iniciaba el programa de combustible vegetal derivado de la caña de azúcar y la posibilidad de realizar proyectos similares con otros productos en los cuales Colombia es muy competitiva, como la palma de aceite.
Sin lugar a dudas, las condiciones geográficas de nuestro país permiten contemplar con entusiasmo el crecimiento de un sector que puede tener la importancia de las frutas para Chile y que requieren de nuestras condiciones naturales para su desarrollo, a diferencia de las industrias tecnológicas que son “implantadas” en países como el nuestro y cuya transferencia de conocimiento es limitada. Ojalá el trabajo de Montenegro tenga una comisión del más alto nivel para su seguimiento y actualización.
Y así como esa industria puede llegar a tener un efecto comparable al que tuvo el café durante el siglo pasado para nuestro país, las recientes privatizaciones iniciando con Telecom y ahora el aeropuerto de Bogotá, la refinería de Cartagena o Paz de Río y la venta de Colombia Móvil, demuestran que la comunidad internacional vuelve a vernos como uno de los países más atractivos de nuestro continente para la inversión. Lo cual, combinado con el TLC y otros acuerdos comerciales que se están preparando, nos permitirá tener un crecimiento sostenido durante varios años, por lo que podemos ser optimistas sobre nuestro futuro (y no hay nada más delicioso que ser optimista, especialmente para los que somos escépticos congénitos).
Vale la pena anotar que sería bueno replantear la publicidad sobre los retos del TLC porque no se trata de “sí podemos”, si no de “comprar lo nuestro”, pues ante la avalancha de productos extranjeros, los colombianos tenemos que tener “pasión por lo nuestro”, preferir el producto hecho aquí, al producto extranjero, reforzar nuestro sentimiento de autenticidad, rechazar los snobismos.
Estas condiciones también deben ser aprovechadas por el sector de TIC. Es importante atraer inversionistas precisamente en este momento en que muchas empresas quieren expandirse y buscan nuevos mercados, pero es necesario que tengamos reglas claras para ello. Es necesario fijar unas regalías más competitivas pues las actuales son muy altas, en comparación con el resto de la región. Lo peor es el valor de los impuestos que pagan los usuarios, como el IVA del 20% a la telefonía móvil. Debería existir un plan para bajarlo al 10% en un corto plazo. Esa sí sería una verdadera política de servicio universal.
Pero no puede responsablemente reducirse el monto de los ingresos que la nación recibe de este sector, cuando existen tantas necesidades por atender. Muchos sostienen como un verdadero dogma que la asignación del espectro no debe tener un afán fiscalista por parte del Estado. Siempre he afirmado lo contrario - sin optar por posiciones extremas -, y aún cuando me siento solo en este aspecto, debo insistir en el tema. Recientemente, en una conversación alguien quiso descalificar mi argumento, afirmando que todos los reguladores en el mundo rechazaban esa tesis, pero precisamente una semana antes la FCC había cumplido la primera ronda de subastas para asignación de nuevas bandas, obteniendo ingresos cercanos a los 15.000 millones de dólares y desde hace diez años no conozco que en Europa algún país asigne el espectro sin subasta, salvo España. En todo caso, poco importa la opinión de los demás reguladores si no puede validarse atendiendo a nuestras condiciones particulares. Hasta los EE.UU. llegaron a considerarse el cobro de impuestos por uso de wi-fi para financiar sus gastos.
En consecuencia, es necesaria una política integral que establezca compromisos fiscales con la nación, reduzca los costos del servicio para los usuarios y estimule a los inversionistas. Para ello, es necesaria una mayor liberalización del sector, incluyendo los servicios de televisión donde la tecnología vuelve a superar las restricciones regulatorias, así como hace años ocurrió con la larga distancia. Para concluir, diría que lo mejor sería que la ley de telecomunicaciones la hiciera el Ministerio de Hacienda, ante las derrotas que tuvimos “los jurídicos”.
Otro artículo sobre el tema: 47. Impuestos (www.dussan.blogspot.com). Más artículos e investigaciones del autor pueden consultarse en http://www.dussan.net/.
