Wednesday, September 08, 2004

26. Parlamentarismo 2

Solo han pasado ocho días y el panorama se aclara, confirmando mis opiniones de la semana pasada. En estos días el Partido Liberal manifestó que expulsará a los miembros que no respeten su disciplina y hayan votado por la reelección. Muy bien por el Partido Liberal que ha tomado una posición clara frente al debate electoral y que además persigue decididamente una definición ideológica. Es posible que esta actitud produzca una reacción del “uribismo” y se funde un nuevo partido que sea una alternativa política real. Curiosamente el Partido Conservador no se manifiesta en este momento, seguramente preocupado por las cuotas que le corresponden, pero queda la esperanza de que el expresidente Pastrana cree un cisma tan profundo que por fin produzca una renovación en su interior.

Por lo anterior, reitero que no conviene al país el sistema parlamentario. Si así fuera, de entrada hay que mencionar que Uribe no sería Presidente, difícilmente podría Peñalosa llegar a serlo y Mockus no tendría posibilidad alguna. Tampoco otros, como Pardo Rueda o Vargas Lleras, expulsados del Partido Liberal. Sin embargo, cualquiera de ellos podría ser elegido de manera directa por el pueblo, como lo hizo Uribe, en unas elecciones en las que el simple debate democrático de opciones tan disímiles sería un aporte importantísimo para la formación de la nacionalidad.

Porque, además, cualquier discusión en el país con algún contenido político, como la paz, la organización territorial, la distribución de los recursos fiscales, los servicios públicos, debe servir a la construcción de la nacionalidad.

Por otra parte, hay que recordar que el “impeachment”, principal elemento de control político del Parlamento, no ha servido de mucho en nuestro medio. Aún cuando la Constitución de 1991 lo consagró con la intención de darle mayor protagonismo al Congreso, esperando que se produjeran profundos debates sobre las políticas del Ejecutivo (que de paso servirían para recuperar la respetabilidad de esta institución), lo más cerca que se ha estado de una moción de censura es cuando un ministro no ha presentado excusa para asistir a las continuas y frecuentemente aplazadas citaciones, las cuales generalmente solo sirven para mantener alejados de sus verdaderas funciones a los pobres funcionarios durante interminables sesiones, al punto que algunos han pedido un reducido espacio para poder trabajar desde el Capitolio porque no les queda tiempo para hacerlo en sus despachos.

Igualmente, tampoco creo que sea buena la disolución del Parlamento, el otro elemento fundamental que hace de contrapeso del sistema. Esa fue la ingenua intención de la Constituyente y se ha visto que el Congreso sigue siendo el mismo. Por lo tanto, no sería mediante una disolución del Congreso que se cambiarán las costumbres políticas. Por el contrario, ante la amenaza de disolución, es más probable que el Congreso se abstenga de promover un voto de desconfianza y en cambio procure obtener ventajas que afectan la credibilidad del sistema (“gobierno por corrupción”). Vale la pena citar a Loewenstein, quien afirma: “El que la disolución parlamentaria conduzca a un auténtico veredicto del electorado, depende en gran parte de la existente estructura de partidos –bipartidismo o pluripartidismo- (…). En un sistema multipartidista el resultado es dudoso; sólo raramente se aproximará la disolución a un verdadero referéndum, en el que la elección general se centra en concretas y tangibles cuestiones que dividen sin equívocos a los partidos (…). Esto es evidente que sólo puede producirse en un sistema bipartidista”.

Tampoco parece conveniente la propuesta del senador Pardo de crear la figura del Jefe de Gobierno, independiente del Jefe de Estado. Aun cuando es una idea original que, sin cambiar el sistema presidencial, sirve para coordinar mejor la relación del Ejecutivo con las demás ramas del poder, divide el poder Ejecutivo en perjuicio de la unidad que requiere la dirección del Estado, crítica que también se ha formulado a la figura del Vicepresidente, que históricamente ha sido considerado el mayor conspirador de cada Gobierno y aunque en las circunstancias actuales no parece que esto vuelva a ocurrir, no deja de ser preocupante que el Jefe de Gobierno pudiera ser nombrado por el Congreso y que se dedicara a hacerle oposición al Presidente. Ahora bien, si solo se requiere la aprobación del Congreso para su designación, como un acto de ratificación y como una forma de fortalecer las relaciones entre los dos poderes, debe garantizarse el derecho de remoción discrecional por parte del Presidente en cualquier momento.

También deben analizarse otros aspectos, como las materias que tendría a su cargo (podría ser la paz y la atención de las necesidades sociales para la población marginada), los poderes o funciones que ejercería, las relaciones con otros funcionarios del gobierno, como los Altos Comisionados, o las consecuencias de un “veto” del Congreso sobre este funcionario, mientras que Ministro del Interior, si se conserva separada la cartera, podría enfocarse en la relaciones con los entes territoriales y los asuntos que tienen que ver con la administración de justicia.

Se trata, por supuesto, de una simple lluvia de ideas que deberán irse acomodando en el conjunto del rompecabezas, aunque la mayoría de ellas son las mismas que se expusieron en la Constituyente para justificar la figura del Vicepresidente, cuyo papel no puede decirse que haya tenido una gran proyección.

0 Comments:

Post a Comment

<< Home